Fat city, boxeo en vena



Rubén Martín Giráldez (1979) traduce “FAT CITY”, de Leonard Gardner (1933). Empiezo por el traductor porque éste es un trabajo que ahora, por fin, empieza a valorarse en su medida, que es la de siempre para cualquier cosa: un traductor responsable se cobra el alma del escribiente porque la asume y hace propia; uno malo, la mata sin razón alguna. Giráldez es, además, escritor, y un rebelde de la Literatura, quiero decir que la trata como un amante a su chica: seduce, ataca, improvisa y sorprende con orgasmos que ella no pensaba tener. La vacía. La editorial Underwood ha encontrado al hombre adecuado para traducir “FAT CITY”, una novela que pasó de tener casi 500 páginas a quedarse en su esqueleto, apenas 200, en un bello ejercicio de estilo del autor. Porque escribir es podar, y lo demás liarse. Al grano, “FAT CITY” me tiene enamorado. Boxeo, tipos que van a estrellar su mandíbula contra el directo de un rival infranqueable: la vida, ese espejito que te devuelve lo que eres para que te vayas centrando. Nada despierta más que un buen K.O. Si el boxeo es tu salvavidas ten por seguro que van a romperte las costillas. Aquí nadie triunfa, todos sueñan. El ambiente pugilístico de perdedores entrañables en una ciudad más de California, años 60. Esa tranquila condescendencia del que se juega el tipo en la lona tras una noche de whiskey y sabe admitir sin inmutarse la peor de las derrotas: despertar. Eso es FAT CITY. John Huston llevó al cine (1972). Gardner no volvió a publicar nada.





Homo deus, fumada académica



El Neandertal era más fuerte que el Sapiens, estaba mejor hecho para la vida silvestre, la caza de mamuts y las caminatas, pero el Sapiens tenía una cosita: se inventaba la realidad a costa de lo que fuese… Y lo que era, era la supervivencia. El Sapiens se la jugó al Neandertal con su capacidad de ficción. ¡Oh, vaya! Resulta que el Sapiens actuó de co-creador, socio del Jefe. Y resulta que el autor de esta teoría la conjuga con el hecho de que cualquier religión, sea monoteísta, budista o nazi es un medio de cohesión social. Y de ahí a que las redes sociales substituyen hoy al “opio del pueblo”, hay medio paso. La cuestión es que las redes funcionan con algoritmos que acaban conociéndonos mejor que nosotros mismos. ¿O no? ¿Se vacía el ser humano en este mar de datos inteligentes al que ha entregado su conciencia? El que se lo plantea es Yuval Noah Harari, profesor de Historia en la Universidad Hebrea de Jerusalén, Doctorado en Oxford y autor de éxito con más de treinta millones de ejemplares vendidos con su anterior entrega, “Sapiens”. Todo dicho en un lenguaje ágil y llano.





LO QUE HAY



Una de las neo-corrientes de pensamiento a pie de calle más de moda es ésa de “si pasó es que tenía que pasar.” Muy evidente en su consecuencia más sumisa y diaria: “es lo que hay.” Nos hartamos de tatuajes agresivos, envalentonamos nuestra apariencia y caminamos con el aire de preciosos individuos urbanos. ¡Pero si pasó es que tenía que pasar y es lo que hay! Muy zen.
Al decirlo, no reparamos en el hechizo. Esas palabras mansas, resignadas y debiluchas tienen un poder bestial contra precisamente lo que SÍ debió suceder y nuestro inalienable poder creativo. Esas palabras nos convierten en peleles. Si lo prefieren dicho en bonito: nos hace hojas en poder del viento. Porque lo que hay es lo que somos; el reflejo de nuestra dejadez, de nuestra renuncia a ser mejores, a intentarlo; nuestra renuncia a otro modo de encarar la vida, otroW distinto al de la mera proposición estética de valores y la claudicación ante un destino perro. Lo que hay es nuestra propia imagen en el espejo. Y cada horror sucedido es la mierda que debemos limpiar, y NO lo que inevitablemente debía pasar en aras de no se sabe qué orden terrible y macabro.
Implicarse en la construcción social e histórica es algo que se logra desde la muy íntima elaboración de nuestra propia persona. Nada malo debió suceder nunca, y el empeño en la Civilización y la Justicia ha de ser irrenunciable y a toda costa revolucionario. Eso, o la barbarie.

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